Santa Laura Montoya Upegui

Santa Laura Montoya UpeguiPRIMERA GRACIA EXTRAORDINARIA

 
Ya desde esta edad, es decir desde los siete años era observadora de lanaturaleza y lo he sido tanto que, cuando más tarde, estudié historia natural,
casi no tuve que aprender sino clasificaciones y nombres, lo cual hacíacreer al profesor y a las condiscípulas que ya había hecho ese estudio ymiraban mal que lo negara, según creían. Ahora me parece rara esa tendenciaa observar en tan temprana edad, pero padre mío, menos extrañodebe verse si se considera que la naturaleza fue mi única amiga; me rodeabapor donde quiera y nada contribuía a distraerme de ella, toda vez quemi carácter y mi habitual tristeza me excluían de todo lo demás: Jugabapoco, vivía en el campo y tan sola, por dentro y por fuera, ¿qué otra cosapodría hacer?
Creo reverendo padre, que esa tendencia a observar la naturaleza fue elmedio de que Dios se me pegó para darme la primera noción seria de suSer y de su amor. ¡Una fuerte conmoción de agradecimiento, me hacellorar al escribir esto! ¡Dios mío, ahora me doy cuenta de una bella delicadezade vuestro amor! ¿Pero cómo expresarlo padre mío? ¡Para estas cosas faltan siempre las palabras!
No puedo asegurar que esto haya sido a los siete años pero tendría unpoco más, si no fuera en esa edad precisa.
Me entretenía, como siempre, en seguir unas hormigas que cargabansus provisiones de hojas. ¡Era una mañana, la que llamo la más bella de miCapítulo II. Me vi grave y me confesé - Primera gracia extraordinariavida! Estaba a una cuadra más o menos delante de la casa, en sitio perfectamentevisible. Iba con las hormigas hasta el árbol que deshojaban y volvíacon ellas al hormiguero. Observaba los saludos que se daban (así llamabayo lo que hacen ellas entre sí, algunas veces, cuando se encuentran)las veía dejar su carga, darla a otra, y entrar por la boca del hormiguero.Les quitaba la carga y me complacía en ayudarlas llevándoles hojitas hastala entrada de su mansión de tierra, en donde me las recibían las quesalían de aquel misterioso hoyo. Así me entretenía engañándolas a veces ya veces acariciándolas con grande cariño, cuando... ¿Cómo le diré? ¡Ay!¡Dios sabe padre que estas cosas son tan íntimas y que es tan duro decirlas!Sólo la obediencia las saca fuera. ¡Fui como herida por un rayo, yo nose decir más! Aquel rayo fue un conocimiento de Dios y de sus grandezas,tan hondo, tan magnífico, tan amoroso, que hoy después de tanto estudiary aprender, no sé más de Dios, que lo que supe entonces. ¿Cómo fue esto?¡Imposible decirlo! Supe que había Dios, como lo sé ahora y mucho más
intensamente; no sé decir más. Lo sentí por largo rato, sin saber cómosentía, ni lo que sentía, ni pude hablar. Por fin terminé llorando y gritandorecio, recio, como si para respirar necesitara de ello. Por fortuna estaba adistancia de ser oída de los de la casa. Lloré mucho rato de alegría, deopresión amorosa, y grité. Miraba de nuevo al hormiguero, en él sentía aDios, con una ternura desconocida. Volvía los ojos al cielo y gritaba, llamándolocomo una loca. Lloraba porque no lo veía y gritaba más. Siempreel amor se convierte en dolor. Éste casi me mata.Desde entonces padre, me lancé a Él, era precisamente lo que buscaba,lo que mi alma echaba de menos. Mis lágrimas por no verlo eran amargas...pero lo tenía. Hoy todavía siento deseos de gritar al recuerdo de estoy me estremezco.Entonces no sabía calcular el tiempo; pero hoy juzgo que duró dos horas:si hubiera durado más...